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La Bandera oficial de Cantabria
Del mar a la montaña en siglo y medio de Historia

  Por Luis Walias Rivera


        En el pasado número de noviembre, en GastroCantabria, se realizó una retrospectiva sobre un símbolo autonómico conocido por todos e injustamente adjudicado en propiedad a sectores nacionalistas, el ‘lábaru cántabro’. Ahora toca, por justicia, hacer referencia a nuestro símbolo autonómico fundamental, la bandera oficial de Cantabria. Señera criticada durante su siglo y medio de existencia por representar únicamente a la capital montañesa o en el mejor de los casos a parte del ámbito marítimo de Cantabria.

        Pero hoy en día, lejos de las críticas, personifica a Cantabria y a los cántabros a nivel institucional, oficial e internacionalmente. No hay que perder el norte ni obviar que todas las banderas son símbolos inventados en un momento determinado, siendo indiferente su antigüedad, dado que lo realmente significativo es su sentido identitario y representativo.

Origen
        Fue a mediados del siglo XIX cuando el capitán general de la Armada Española, Ramón Romay, estableció la necesidad de que los buques mercantes de las diversas zonas marítimas de España portasen una serie de matrículas identificativas de su procedencia o puerto donde se resguardaban. Denominadas oficialmente como ‘Contraseñas de matrícula’ se fundamentaron en la ‘Real Orden de 30 de julio de 1845’. Cada puerto poseía un gallardete de matrícula inspirado en el ‘Código de Señales Marítimas’ de 1791, realizado por el teniente general de la Armada, José de Mazarredo. Así, de forma completamente aleatoria y para nada identitaria, dado que las ‘contraseñas de matrículas’ se diseñaron por la conjunción de dos colores elegidos entre rojo, azul, amarillo y blanco, se eligió para los barcos matriculados en el puerto de Santander la bandera ‘roja y blanca por la mitad, lo blanco superior’, exactamente igual a lo establecido por José de Mazarredo en su ‘Código de Señales Marítimas’.

        Desgraciadamente, la bandera roja y blanca no hace referencia a tradición histórica alguna, sino al mero azar establecido por un diseño realizado desde la capital del reino. Durante años, aquellos defensores a ultranza del esbozo señero, trataron de buscar un origen legendario capaz de mitificarla.

        Así se hizo referencia a un antiguo estandarte que portaban los barcos del mar Cantábrico desde la Edad Media. Dicho pendón contenía los colores rojo y blanco, pero en orden invertido, es decir, el rojo en la zona superior y el blanco en la inferior. Ciertamente la enseña estaba documentada en varias representaciones tanto pictóricas como documentales. La cuestión no iba desencaminada salvo por las sospechas de posible manipulación intencionada.

        Estas enseñas eran exactamente el banderín posterior del gallardete real de la Corona de Castilla, adoptado por todos y cada uno de los buques de los reinos de Castilla y León, independientemente de su origen territorial, ya fueran gallegos, andaluces o montañeses. Lógicamente, esta bandera con un diseño inverso ondeaba por todo el mar Cantábrico, al igual que por el resto de las aguas limítrofes al territorio de la Corona de Castilla, lejos de representar al puerto de Santander, su futurible provincia marítima y mucho menos al territorio de Cantabria.

        Por si esta teoría, desmantelada desde su origen, no fuera suficiente, pronto la investigación histórica mostró que las ‘Provincias Marítimas’ no se correspondían con el mapa provincial español. Otra obra ‘de suma genialidad’ diseñada alegre y aleatoriamente por Javier de Burgos doce años antes del nacimiento de las ‘contraseñas de matrícula’, exactamente en 1833. Por este motivo se desmantelaba la posible representación de la bandera roja y blanca en todos los puertos de la provincia de Santander, dado que muchos fondeaderos de la zona oriental de Cantabria portaban la señera del puerto de Bilbao, casualmente también roja en cantón y blanca de fondo en su diseño.

        Poco a poco y debido a la existencia de la división provincial realizada por Javier de Burgos, la bandera roja y blanca fue ganando relevancia y traspasando el ámbito marítimo para ser adoptada, con cierta controversia, en otros muchos ámbitos. Su singularidad fue creciendo paulatinamente, motivo por el cual queda constancia en varias representaciones pictóricas de la época. Con el cambio de siglo, fue acogida por diversos órganos preautonómicos de la provincia de Santander durante el siglo XX, hasta el punto de aparecer representada en el centro del escudo provincial. Su relevancia, al igual que en el caso de otras señales de matrícula como las de Almería, Bilbao, Canarias, La Coruña, Gijón, San Sebastián, etc., adquirió tal notoriedad que fue constituida como bandera provincial y así se documenta por parte de José María Quintanilla en 1942.

Historia
        A mediados de la década de los setenta del siglo XX, gracias a la desaparición de Francisco Franco, las regiones históricas del Estado retoman abiertamente sus ansias autonomistas y de autogobierno. Así, en el seno de la sociedad cántabra nació el denominado ‘Organismo unitario’, un conglomerado de fuerzas políticas progresistas al que se sumaban buena parte de la población, sindicatos y el mundo de la alta cultura, cuyo único objetivo era, tras el fracaso del Estado Cántabro-Castellano debido al estallido de la Guerra Civil, la obtención del autogobierno para Cantabria.

        Durante dicho proceso autonómico se generó la necesidad de establecer una serie de símbolos identificativos que forjasen la identidad de la futura Comunidad Autónoma. Por ello era necesario establecer una bandera. Se presentaron y discutieron en sociedad tres posibilidades, una bandera tricolor adoptada por la Asociación para la Defensa de los Intereses de Cantabria (ADIC), la cual estaba compuesta de tres bandas verticales cuya finalidad era representar las tonalidades de Cantabria, es decir verde, gris y azul o prado, montaña y mar. Pronto fue desechada.

        Al mismo tiempo se mostró el ‘Lábaru’, representación moderna del estandarte militar denominado ‘Cantabrum’, con más de dos mil años de historia. En este caso, por miedo a la excesiva reivindicación cántabra que ya se le presuponía al símbolo, la presión de los sectores políticos más conservadores y ligados al anterior régimen lograron finiquitar dicha opción.

        Por supuesto, hubo una tercera propuesta. Se trataba de una enseña bicolor horizontal compuesta por una línea roja en su parte inferior y otra blanca en la superior, cuyas raíces, como se ha explicado con anterioridad, supuestamente se hundían en la Edad Media. Denominada como ‘bandera marítima’ y apoyada por la clase social y política dominante de la época, fue la que se llevó el gato al agua, o mejor dicho, el paño al mástil.

        Con la llegada del otoño de 1977 este símbolo fue adoptado y exhibido en multitud de actos o manifestación de tipo autonomista. Dicha motivación fue la que generó, tras la conformación de la Comunidad Autónoma de Cantabria en 1982, que se adoptara el símbolo como bandera oficial de Cantabria, quedando reflejado en el artículo tercero del Estatuto de Autonomía de la siguiente forma: “la bandera propia de Cantabria es la formada por dos franjas horizontales de igual anchura, blanca la superior y roja la inferior”.

        Lejos de los orígenes legendarios, hoy ondea en todas nuestras instituciones de autogobierno, hoteles, centros comerciales, playas, hospitales, etc. siendo un referente nacional, reconocido y respetado internacionalmente, que convive pacíficamente con la otra enseña a la que ya hemos hecho referencia en el pasado número. Ustedes elijan libremente.
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