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| Editorial de Octubre del 2007 |
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Por Luis Wallias
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Con la llegada de octubre, y especialmente del otoño, comienzan las depresiones y traumas post-vacacionales. Las temperaturas disminuyen exponencialmente, las horas de luz hacen lo propio y el cielo se cubre de un gris plomizo perpetuo, en el mejor de los casos, que invita a quedarse calentito en casa. Pero nada más lejos de la realidad, dado que en las fechas que nos aguardan Cantabria se transforma en uno de los destinos paisajísticos y culturales por excelencia de Europa. No hay nada como observar y disfrutar de las primeras nieves, los mil matices que adquiere la vegetación de la Comunidad Autónoma o simplemente perder mirada y mente en el tenebroso horizonte del bravo mar Cantábrico. Ni que decir tiene, dentro de la amplia o 'infinita' gama que despliega su oferta cultural, que con luz propia brilla una excelente gastronomía que aguarda, cual tesoro, a aquellos intrépidos que se aventuren hacia alguno de los restaurantes que jalonan la geografía regional.
La cultura, con sus diversas variantes se hace hueco transformando cada rincón de Cantabria en un atractivo referente. Como ejemplo, valga una mirada cómplice hacia la villa modernista de Comillas. Enclavada en el oeste de la Comunidad Autónoma y rodeada por un paraje incomparable, se hace coronar por su magnífica Universidad Pontificia, Bien de Interés Cultural (BIC). Un arduo bagaje se atesora entre sus muros, comenzando una larga andadura hacia 1892 de la mano de los Marqueses de Comillas como seminario de pobres, para en 2008 convertirse en la caja de resonancia internacional de la lengua y la cultura española como sede de la 'Fundación Campus Comillas'.
Este ensueño cultural continúa, con una mirada retrospectiva desde el siglo XIX a la Edad Media. Vista atrás que se implementa mediante una rápida visita a los diversos castillos, fortalezas y construcciones defensivas que se reparten por toda la geografía española, haciendo especial hincapié en aquellos localizados en el territorio de Cantabria.
Cambiando de tercio y como no podía ser de otra forma, mención especial precisan las críticas gastronómicas que en esta ocasión transportarán al lector, en primera instancia, hasta Escobedo de Camargo, exactamente al 'Restaurante El Buen Gusto'. Un local donde disfrutar de la comida y un excelente servicio. Donde la carta se transforma en una trampa para indecisos, dado que es muy complicado elegir, por la variedad de sus platos, sumamente apetecibles y bien ensamblados. Raciones más que generosas diseñadas para el disfrute de aquellos paladares que busquen un sabor estupendo e inmejorable en un comedor donde sentirse muy a gusto.
Y de Camargo a Pontejos, hasta arribar al 'Restaurante / Bristo Atalaya de Pontejos'. Un refectorio que aun siendo de nueva planta, está cargado de historia. Local en el cual el huésped se siente como en su propia casa, sobre todo, gracias a la inigualable cocina abastecida por una serie interminable de alimentos frescos y sanos. En su interior, se conjugan a las mil maravillas, platos de tradición cántabra con otros de toque vanguardista, donde el cocinero tiene mucho que decir. Así, se logra un producto perfecto en elaboración que a las papilas gustativas sólo puede definirse como sabroso y rico. Obras culinarias capaces de abstraer al comensal hasta el punto de dejarle sin adjetivos. Sin duda, todo un acierto.
En resumen, tranquilidad, paisajes de leyenda y cultura recogidas en las páginas de este nuevo ejemplar de GastroCantabria que ansiamos sea de su agrado.
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