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| Editoria de Febrero del 2007 |
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Por Luis Wallias
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El invernal mes de febrero se cuela abriéndose paso irremediablemente en nuestras vidas.
Quizá algo más frío que el inédito enero precedente. Este mes se haya cargado de singularidad.
Así, una ancestral disputa se hará sitio sobre el tapete terrenal. Por un lado, aquellos
desdichados afortunados que padezcan “la enfermedad de los sentidos”, definición magistral
de Freud para el término Amor. Junto a éstos, aquellos abatidos dolientes que aún
creen fugazmente en él, soñando que este mes logre aportarles momentos especiales. Para
los venturosos desafortunados colmados de envidia, no quedará más que proyectar una
visión puramente comercial y economicista capaz de generar mil disputas verbales. Pero
una vez superadas esas fechas y para todos, sin duda, el mes de febrero traerá la festividad
del Carnaval que embriagará gratamente a Cantabria.
Motivo por el cual, nos adentraremos en esta singular fiesta de marcado carácter popular.
Como no, al decir carnaval en Cantabria, la mente vuela inmediatamente hasta la Comarca
Trasmerana, para proyectarse sobre Santoña. Conocido como el “Carnaval del Norte”, fue
restaurado en 1982 tras la condena al ostracismo, de este sueño compuesto por mascaras y
color, durante la dictadura franquista. Fue declarado Fiesta de Interés Turístico Nacional
en 1985, debido a su inherente carga de Historia y significado, la cual desde estas páginas trataremos de desentrañar. Un acontecimiento que sobrepasa las fronteras autonómicas para obtener una magnífica
resonancia en todo el territorio peninsular.
Y de Santoña a Pámanes (Liérganes), para visitar el magnífico conjunto arquitectónico que se estructura bajo la
denominación de “Palacio de Elsedo” o de los “Condes de Torre-Hermosa”. Joya barroca del siglo XVIII, declarada Bien
de Interés Cultural en 1983. Sin duda, un excelente referente en Cantabria de este singular género, estrecha y estilísticamente
vinculado al “Palacio de Soñanes” en Villacarriedo. Desde estas páginas trataremos de proyectar una visión
histórica que permita entender su razón de ser y el sentido que en la actualidad tiene como Museo de Arte Contemporáneo.
Sin duda, un valor de uso singular y atrevido que se ha alcanzado mediante la arriesgada apuesta privada que significa
alejarse del típico establecimiento hostelero.
Además, no hay que olvidar la pertinaz mirada hacia la gastronomía regional. Dos paradas obligatorias. Una de ellas en
Pomaluengo (Castañeda) en el “Restaurante La Venta de Castañeda”. Miembro del Club de Calidad de Restaurantes de
Cantabria, donde se combina acertadamente el trato agradable, familiar y profesional, con detalles que hacen sentir muy a
gusto y sorprender a la clientela. Una casona estructurada en varios comedores que te trasladan hasta el hogar. Carta de
diseño donde exquisitamente se contrapone la cocina clásica con la moderna. Ración más que generosa, de guisado
distinguido, que confieren al plato un punto inmejorable de espectacular sabor. En resumen, una sana preocupación por
los detalles, capaz de originar una buena carta de vinos, y como apunte de alta calidad, una excelente carta de aguas con
productos originarios de varios países.
De regreso, no hay mejor destino que Santander. En especial si se dirige el paladar al “Restaurante la Cúpula” del Hotel
Río. Establecimiento con excepcionales vistas en el que la diferencia, elegancia y calidad, configuran su tarjeta de
presentación. A ello hay que sumar una magistral carta, bien escogida, la cual hace muy difícil la elección. Y por supuesto,
calidad, estilo y un trato, tanto agradable como profesional. Una cocina en plena evolución y progresión, de esas pocas
que llegarán a alcanzar cotas insuperables. Plato al dente, rico y agradable, en el que la conjunción de sabores sólo puede
definirse como apetitosa y sublímemente lograda. Exquisitez hecha realidad, en la que una ración más que generosa,
sugestiva y excepcional es capaz de definir correctamente el buen sabor. Sin duda, todo un acierto de menú, apetitoso y
sabroso que deja al comensal parco en palabras ante la maravilla del conjunto que no hace más que sorprender continua y
gratamente. En resumen, distinción, un comer cercano al arte y ese servicio magistral que junto al aroma del Cantábrico
hacen de este refectorio una auténtica delicia en pos del placer del cliente. Bajo ningún concepto, repito; “ningún
concepto”, debe dejar de visitarlo.
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