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| Restaurante Río Sardinero |
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Por José Domingo
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Poder disfrutar de las playas de El Sardinero siempre es un verdadero placer. Da igual que te sientas bien o estés deprimido. No importa
si te gusta ir para pensar o para relajarte, el paraje es idóneo para cualquier situación y aún más si estás en un local, justo encima de
la playa, en una noche tranquila, apacible y sin prisas, dispuesto a cenar y beber todo lo que nos quieran dar Miguel y Juan Carlos en el
restaurante Río de Santander.
A partir del cambio de propiedad, nos habían llamado en varias ocasiones, tenían mucho interés en invitarnos, saber nuestra opinión
y que se la contásemos a todos ustedes, así que dejamos a nuestro amigo José Domingo ir a Madrid de descanso y empezamos a
narrarles nuestra experiencia de aquella noche.
A la entrada del comedor disponen de un vivero de mariscos que hace que se pierda la vista, dan ganas de meter el redaño y sacar
unas cuantas piezas.
Nos ofrecen un menú degustación con maridaje de vinos. Estamos totalmente de acuerdo en tomarlo, pero aún así, pedimos las
cartas para echarlas un vistazo mientras nos preparan la cena. La carta es de cocina clásica, con pequeños toques por parte de Miguel,
con muy buena materia prima de nuestra región y una carta de vinos muy bien presentada, con buenos caldos de nuestro país y algunos
de fuera de nuestras fronteras. Muy acertada en general pero con un margen de precios que seguro se puede ajustar.
Las mesas están vestidas con mantel y cubre en tonos crema. Nos hallamos en un comedor de decoración clásica y en el que se
respira una gran tranquilidad acompañada por las maravillosas vistas. Nos sirven varios tipos de pan, recién horneados, una pena que
no pusieran un poco de aceite de oliva para acompañarlos.
Comenzamos con carpaccio de buey, virutas
de foie y queso Idiazábal. Sobre la carne
van colocados los filamentos de foie y el
queso, cortado finito. Todo ello va sobre un
aceite exquisito. Un plato en su punto, que
acompañamos con un fino Tío Pepe. Una
combinación atrevida pero que sin lugar
a dudas pegaba muy bien, puesto que es
un fino fresco, de fácil paso de boca y con
aromas de frutos secos. Lo dicho, todo un
acierto.
Seguimos con alcachofas rellenas de
manitas. Van sobre una salsa también de
alcachofas. Están sabrosas y muy bien
cocinadas. Es difícil conseguir ese punto,
con las hojas tiernas, nada pellejonas y el
relleno muy rico y apetitoso, todo muy bien
ligado. Para acompañar este plato nos sirven
un somontano, Viñas del Vero Gewurztraminer,
con ese toque a frutas exóticas,
suave, goloso, con un final persistente y
agradable, que sirve para suavizar esa rotundidez
que siempre tiene la alcachofa, un
maridaje perfecto.
Continuamos con jamón con perrechicos.
A veces algo tan simple es lo que
consigue sorprenderte más, es un plato
extraordinario, tal cual, con dos lonchas
de jamón muy bueno y en su interior unos
perrechicos salteados, excelentes, con un
punto de cocción perfecto. En esta ocasión
tomamos como vino un Marqués de Arienzo
Crianza del 2002, un tinto que no encubre
el sabor de la seta, con aromas de fruta
madura, equilibrado con cuerpo medio y
suave pero con nervio, y con la barrica justa.
Combina con el plato a la perfección.
Después tocó el turno a unas almejas
de aquí a la sartén. Almejas de nuestras
rías, de buen tamaño, el ideal para tomarlas
así. Esta vez Juan Carlos nos puso un
Rias Baixas: Terras Gauda, un blanco en
el que la uva predominante es la albariño,
pero con un toque de treixadura y algo de
lourerio, dándole esta última unos apuntes
a miel muy sabrosos. Es un blanco denso,
con breve final cítrico que hace sea un gran
compañero de estas sabrosas almejas.
Como plato de pescado nos sirvieron
mero a la espalda. Impresionante, fresco,
carnoso, difícil de mejorar. Con un pequeño
toque de vinagre en el refrito y pastel de
verduras como guarnición. Para refrescar,
un cóctel de lechugas. Todo en perfecta
sintonía. En esta ocasión optamos por disfrutar
de los vinos servidos, porque los tres
le vienen bien a este pez, incluso el tinto.
Tomamos un cambio de sabor, el ya
mítico sorbete de limón con cava, que va
presentado en copa cóctel con azúcar decorando
el borde. Muy refrescante y bien
combinado.
De plato de carne nos pusieron: medallón
de rabo de buey con foie y nido de patata
avellana. Un plato muy sabroso, con
una salsa española por debajo y, dentro del nido, la manzana asada en forma de
avellana. Un toque que viene como anillo
al dedo a la hora de tomar el medallón junto
con el foie. Esta carne se deshace en la
boca, estaba muy bien guisada. Y como
vino tomamos un tinto del Duero Señorío
de Nava. Combina bien, pues es muy aromático
en nariz, con cuerpo medio y equilibrado
y no empaña ni el sabor del foie.
Fue todo un acierto.
Y aunque ya estábamos llenos no tuvimos
elección y nos sirvieron el postre, tarta
de queso y helado de orujo. A este paso
está claro que nos veremos muchas veces
corriendo por la pista de Parayas. La tarta
de queso era la clásica, con un coulis de
frambuesa exquisito. En conjunto estaba
muy sabrosa. Y el helado estaba de impresión,
pura crema, parecía recién levantado.
Para acompañarlo, como no, un P.X.
Noé, maravilloso con su color castaño y
ribete yodado, potente en nariz, aromas
de dulce de leche. Muy glicérico y goloso,
perfecto.
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Almejas
Alcachofas
Mero
Rabo de buey
Jamón con perrechicos
Sorbete
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Para terminar tomamos un café que
estaba en su punto de cuerpo y aroma.
Nada más que pedir, con una puesta en
escena discreta y atenta por parte de Miguel,
Manolo y Juan Carlos, a través de su
trabajo supieron hacer nuestra estancia
muy placentera.
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