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| La Cúpula. Restaurante Hotel Río Santander |
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Por José Domingo
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El mar, la arena, no puedo imaginar estar mucho tiempo sin poder verlos, sin poder oler
su aroma característico, sin sentir su tacto en mis pies. Caminar sobre ella, sentir mi
cuerpo rodeado por el Cantábrico, sin frío, sin mucho calor, húmedo, acogedor. Y en invierno,
para mí, es aún más precioso, las olas rompiendo en la Magdalena o en Piquio,
esa luz tenue, pero con brillo, esa sensación de tranquilidad dentro de la rotundidad
de la fuerza de la madre naturaleza, todo en sí. Habrá bahías en el mundo más bonitas,
pero claro, todo depende de según como se mire y según de donde seas, para mí ésta
es la más bonita. Es mi playa del Sardinero, es mi Bahía. La miro, la escucho y casi la
siento desde el ventanal que disfruto en un gran restaurante, “La Cúpula”. Una vista
sin igual y un restaurante del que comenzamos a contarles nuestra experiencia en un
día en que la luz del invierno ilumina el mar Cantábrico con destellos sin igual.
Nada más entrar sentimos algo diferente, una sonrisa verdadera por parte de Tomás,
que nos acompaña a nuestra mesa y hace que todo sea un camino más fácil. Esperamos
que todo siga igual. Nos ofrecen un aperitivo y acto seguido Belén nos recomienda
qué comer, pero hemos decidido probar la cocina que, desde mediados de octubre del
pasado año, dirige M. Santa Cruz (Tin para los amigos y espero que me deje seguir llamándole
así durante muchos años), así que dejamos en su mano qué comer, y en las
de Belén qué beber.
En un comedor con mesas vestidas con faldón beige con topo bordado y cubre blanco,
al igual que la servilleta, nos encontramos una mesa bien presentada con todos los
elementos necesarios para disfrutar de una comida en compañía de nuestros amigos.
Somos 4 personas y nos hacen una especie de menú degustación; para beber tomamos
dos tintos, el primero Alion de la ribera del Duero, y el segundo Ribas de Cabrera de las
Islas Baleares.
Comenzamos con un aperitivo de ensalada
de cangrejo, muy rica, con clara de huevo
cocida, cebolla, mayonesa y chatka. Muy
agradable como comienzo.
Continuamos con ensalada de bacalao
con langostinos emparrillados, crema
de anchoas, manzana y tinta de cachón.
El bacalao templadito estaba presentado
en aro sobre pimientos rojos asados en
casa, de guarnición unos buenos langostinos
a la plancha peladitos y acompañándolo,
las cremas y salsas. Una conjunción
de sabores apetitosa y muy bien lograda.
Para repetir, un plato de gran cocina.
Le siguió verduritas rehogadas con
santiaguiños, foie y caramelo de café.
Lleva zanahoria, coliflor, brécol, judías
cortadas en juliana, taquitos de jamón,
calabacín y foie casero. Todo ello al dente,
un plato excepcional. Es probable que
a muchos ese punto en la verdura no les
guste, si es así, sólo tienen que pedir que
se las hagan un poco más. Sin embargo,
yo les recomiendo que lo tomen así, está
de vicio, exquisito de verdad. Una forma
diferente y muy agradable de tomarse
unas verduras.
Como plato de pescado nos sirvieron
dorada a la sal con vinagreta de cítricos.
Una ración más que generosa, con buen
sabor. Creo que todos ustedes conocen
este plato, es de ésos que cuando te lo
ofrecen no sabes decir que no, una pena
que estuviera hecha un pelín de más, con
menos tiempo en el horno habría estado
mucho mejor. A su favor hay que decir que
la vinagreta de cítricos combinada perfectamente.
Y para terminar, como plato de carne
tomamos un entrecot de ternero mamón,
acompañado con puré de patata y al lado
salsa de Tresviso. La carne del Valle del Esla,
excepcional, ya les hablamos hace poco
de ella, esa carne de ganado en extensivo,
con sabor. Tanto la patata como la salsa
apetitosas y sabrosas, todo un acierto.
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Ensalada de bacalao
Dorada a la sal
Entrecot de mamón
Pastel de queso
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Como postre nos sirvieron pastel de
quesos sobre frutos rojos, crujiente de
carambola y helado de leche búlgara. Sin
comentarios, nos miramos, vimos el plato
y a comer, no dijimos nada hasta que terminamos.
Muy rico y muy bien conjuntado
todo, ese crujiente perfecto, qué gusto da
cuando metes un helado en la boca y no
encuentras nada de hielo. Y el pastel de
quesos simulando a la típica tarta de queso,
delicioso. Para pedir otro, pero creo
que ya nos conocen y saben que llegamos
al límite para los postres, con lo cual pasamos a pedir el chupito y el café. Y aprovechando
que lo nombro, he de decir, que estaba
muy bueno, rico y cremoso.
El primer vino, Alion, ya les hemos hablado
de él. Es una maravilla, con cuerpo
perfecto y aroma espectacular, en la línea
de lo que se espera de él. Eso sí, podemos
decir que la copa en la que nos lo sirvieron
no era la más adecuada pues era muy
cerrada arriba y no se hacía muy cómoda,
no así como la que nos pusieron para el
segundo vino, que fue Ribas de Cabrera,
cuya bodega lleva el mismo nombre y es
de las islas Baleares. Nos sorprendió gratamente,
con un picota intenso y vivo. Es
muy complejo en nariz, te lleva a olerlo
varias veces con mucha paciencia, posee
muchos matices, pero predomina la fruta
roja madura, en boca es rotundo, quizá
algo difícil, le falta pulir un poco, tánico,
con más tiempo en botella será más agradable.
En retronasal es muy potente otra
vez, un vino de guarda pero es muy rico.
Poseen una carta de comidas muy
bien escogida, donde se hace difícil pedir,
pero Belén se encarga de aconsejarte
muy bien, la carta de vinos es muy buena,
para leer un rato y elegir lo que más
apetezca o lo que creamos que combina
mejor, pero como apunte diremos que
nos parece algo cara, es de las que marca
el 100% y en algunos casos más, creo que
la pueden abaratar y moverían más vinos,
pero claro está, eso es desde mi punto de
vista, luego la propiedad sabrá lo que le
viene mejor a su negocio.
La factura para los cuatro ascendió a
298.32€, muy bien si contamos que las
dos botellas de vino costaban ya 100€.
Comimos muy bien, una cocina que se
nota que está en plena evolución, pero
seguro que de la mano de Tin llegará a
conseguir altas cotas. Además, hoy he
de hablar más a fondo de Tomás y Belén,
pues si el comer fue una maravilla, su servicio
nos hizo sentir como verdaderos príncipes
a los ojos de la playa del Sardinero.
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